Fritz Egner y Alex Gernand suman casi un siglo de periodismo musical entre los dos. Sus primeros conciertos fueron Beatles, Stones y Kiss.
Hay gente que llega a la música de refilón y hay gente que nace con ella incrustada en los huesos. Fritz Egner y Alex Gernand pertenecen a la segunda categoría. Entre los dos acumulan más de noventa años de trayectoria en el negocio musical alemán: Fritz como DJ y comunicador en AFN y Bayern 3, Alex como redactor, corresponsal y finalmente director de la revista Bravo. El primer concierto de Fritz fue el 6 de octubre de 1980, Kiss con Iron Maiden de teloneros en Karlsruhe. Todavía conserva la entrada. Alex no recuerda con exactitud si su bautismo musical fueron los Beatles o los Rolling Stones, ambos en el Zirkus Krone de Múnich, en las legendarias giras Bravo de 1965 y 1966, cuando tenía menos de veinte años.
Esa imprecisión de Alex dice algo importante: cuando los referentes son tan grandes, la memoria se niega a jerarquizarlos.
Fritz no entró en la radio por vocación declarada, sino por curiosidad y una pequeña lesión. En 1974, oyó en AFN que buscaban un técnico de estudio. Fue al edificio de la Karlbachstraße 15 en Schwabing sin ninguna intención real de solicitar el puesto, solo para ver los estudios y conocer en persona a los locutores que escuchaba cada día. Al llegar, lo pusieron a ayudar a cargar una mesa de billar. Se pilló el dedo meñique, lo atendió la secretaria y, mientras se recuperaba, alguien le preguntó si tenía algún otro motivo para estar allí. Dijo que sí, que le interesaba el trabajo de técnico. Le respondieron que buscaban a un americano. Él dijo que hablaba inglés bastante bien. Lo contrataron.
Antes de eso, Fritz ya había trabajado en los estudios Musicland del Arabella-Park de Múnich, clavando paneles acústicos en las paredes del tercer sótano mientras Giorgio Moroder le traía leche para contrarrestar el polvo de la lana de acero. Fue él quien le dijo a Moroder que su canción Son of My Father estaba en el Top 40 americano, porque la había escuchado en AFN durante el trabajo. La recompensa fue una comida en el restaurante más caro que Fritz pudo encontrar, con un filete flambeado y buen vino, a costa de un Moroder no precisamente conocido por su generosidad.
Alex llegó al periodismo musical por un camino radicalmente distinto: el aburrimiento de crecer en Lampertheim, una localidad de 35.000 habitantes cerca de Mannheim. Sin smartphone, sin grandes opciones de ocio, con una mecánica Schreibmaschine prestada de su abuela y un amigo llamado Frank Meinl, fundó en 1983 una fanzine de heavy metal llamada Schockpower. Las portadas las pintaron a mano porque no tenían fotos. Los titulares también. Lo copiaron en una fotocopiadora.
El aburrimiento puede hacerte creativo. Si te aburres y no tienes móvil, fundes una revista.
Lo que empezó como un pasatiempo se convirtió en un pequeño negocio internacional: publicaron anuncios en la revista británica Kerrang anunciándose como "German Heavy Metal Magazine" y empezaron a vender copias hasta en América a cambio de sellos de correo. En ese primer número estaba Metallica, recién debutados con Kill 'Em All. Alex escribió: "Metal Album of the Year." No iba desencaminado.
Detrás de ambas trayectorias hay una influencia materna imposible de ignorar. La madre de Alex tenía trece años cuando se fundó Bravo en 1956. Era fan de Elvis. Le compró la revista todos los jueves durante años. Para Alex, en una época sin redes sociales ni streaming, Bravo era literalmente "la puerta al mundo." La madre de Fritz, por su parte, escuchaba discos de Elvis cuando Alex era todavía un bebé, de modo que el rock and roll llegó antes de que pudiera caminar.
La madre me compraba la Bravo cada jueves. Era, en aquella época sin Facebook ni Instagram, mi ventana al mundo.
Fritz recuerda que su primer recorte de Bravo fue precisamente un póster de Elvis. La hermana de Alex, diez años mayor, envió una carta a Memphis pidiendo un autógrafo para regalárselo en Navidad. Dos años después llegó la respuesta: nombre en el anverso y "Merry Christmas" escrito a mano en el reverso, con el sello de la oficina de Memphis.
El AFN, la radio de las fuerzas armadas americanas, no fue solo el primer empleo de Fritz. Fue su universidad. Aprendió escuchando a locutores profesionales que habían acabado en el ejército casi por casualidad y hacían radio de una manera que en Alemania no existía: el DJ no era un presentador que ponía canciones, era parte del espectáculo. La música y la personalidad estaban entrelazadas.
Cuando Jürgen Herrmann y Thomas Gottschalk lo oyeron en AFN, le dijeron que podría llevar ese mismo estilo al Bayern 3, pero en alemán. Él no estaba seguro de que pudiera funcionar. Lo intentó. Funcionó durante décadas.
Lo que Fritz no sabía entonces, y descubrió años después de la boca de Paul McCartney y George Harrison, es que AFN Múnich había sido también la escuela de los Beatles. El transmisor, heredado de los nazis, era tan potente que en onda media llegaba hasta Liverpool por las noches. Fue así como John, Paul y George escucharon por primera vez a Little Richard.
Paul McCartney y George Harrison me contaron que oyeron el rock and roll por primera vez a través de AFN Munich. El transmisor llegaba hasta Liverpool.
La cadena es vertiginosa: AFN inspira a los Beatles, los Beatles tocan en el Zirkus Krone, un adolescente alemán los ve en primera fila y acaba pasando cincuenta años entrevistando a tres de ellos.
Fritz entrevistó a George, Ringo y Paul. Alex entrevistó a James Brown más de diez veces, a Michael Jackson, a los Rolling Stones, a Tina Turner, a Roxette en la Gran Muralla China. La lista en ambos casos es lo suficientemente larga como para resultar casi inverosímil.
Pero los dos convergen en la misma idea sobre lo que significa ese acceso: el periodista musical no es una estrella. Es un intermediario. Alguien que tiene el privilegio de entrar en un camerino, hacer preguntas que no sean sobre el color favorito de los calcetines, y luego transmitir lo que ha visto y oído a millones de personas que no pueden estar allí.
"Somos el intermediario en una posición privilegiada. Los artistas nos dan tiempo, nosotros se lo damos a los fans." — Alex Gernand
El primer contacto de Fritz con esa función fue como técnico de sonido en AFN, cargando un Nagra, el pesado grabador de cinta profesional, con auriculares puestos, mientras el locutor entrevistaba a Bob Marley, a Little Richard o a Manfred Mann. Su primera entrevista propia, con los propios Manfred Mann en 1976, fue tan desastrosa que pensó que también sería la última. Mann era hosco e indiferente. La banda le consoló después: "No te preocupes, siempre es así. Es el único al que no podemos sustituir porque la banda lleva su nombre."
De todos los encuentros que Fritz y Alex han tenido a lo largo de sus carreras, hay uno que Fritz recuerda con una mezcla de asombro y orgullo genuino. James Brown exigía que todos se dirigieran a él como "Mr. Brown", incluyendo a los miembros de su propia banda. Fritz siempre lo cumplió. En una de sus últimas entrevistas, en Londres, Fritz comenzó con el protocolo habitual: "Mr. Brown, thank you for sharing time." Brown respondió: "You can call me James."
El saxofonista de la banda se acercó después a Fritz y le preguntó: "¿Qué le has hecho al jefe? Nosotros seguimos teniendo que llamarle Mr. Brown."
You can call me James.
La primera vez que Alex vio a James Brown fue en el Apollo Theatre de Harlem, en 1968 o 1969, con diecisiete años, solo en Nueva York con una amiga que estaba en Long Island con sus familiares. No había conseguido entrada para ningún musical de Broadway y quedaba un único ticket disponible, para el Apollo. No sabía muy bien qué era el Apollo. Fue. Cuarenta músicos en el escenario, chicas de go-go, un maestro de ceremonias que presentó a Brown como si pudiera caminar sobre el agua. Tres o cuatro horas de concierto sin pausa. Fue ese día cuando Alex decidió que quería, algún día, poder hacerle dos o tres preguntas a aquel hombre.
Ninguno de los dos llegó a la música por un camino recto. Alex describe la evolución del gusto como una especie de reloj de arena: de niño, te gusta casi todo; de adolescente, te especializas en un género porque necesitas pertenecer a algo, un grupo de identidad con su estética, su ropa, su tribu; y a medida que envejeces, el embudo vuelve a abrirse y empiezas a escuchar jazz, soul, Frank Sinatra, cosas que de adolescente habrías rechazado sin pensarlo dos veces.
En su caso concreto: Elvis en casa de su madre, luego los discos de su prima mayor con Sticky Fingers y Suzi Quatro, luego un vecino tres años mayor que le puso Led Zeppelin, Black Sabbath, Rainbow y Queen, bandas que entonces no podía permitirse comprar. Las grababa de la radio con una antena de cable sujeta al aparato con celo para que no hiciera ruido. Y con sus amigos dividían la compra: tú te compras Screaming for Vengeance de Judas Priest y yo me compro Number of the Beast de Iron Maiden, y luego nos lo copiamos en casete.
Fritz, por su parte, tomó clases de piano de pequeño pero la profesora solo le dejaba tocar canciones folclóricas alemanas. Quería imitar el solo de Floyd Cramer en las grabaciones de Elvis. La profesora no lo permitía. Empezó a usar el dinero de las clases para comprar discos y a saltarse las lecciones. Un año después, su madre se encontró con la profesora por casualidad y se enteró de todo. El interrogatorio en casa fue, según Fritz, "bastante agotador, por decirlo con suavidad."
La entrada de Alex en Bravo tiene algo de fábula sobre la iniciativa y la suerte. Su padre, sin decir una palabra, dejó sobre la mesa un recorte de la Süddeutsche Zeitung: Bravo buscaba un redactor joven con estudios terminados o cinco años de experiencia. Alex no tenía ninguna de las dos cosas. Arrugó el papel y lo tiró a la papelera. Luego lo rescató. Escribió la solicitud con una máquina de escribir, se hizo una foto en una cabina automática en la estación de Dortmund, con el pelo largo y aspecto pálido, y la envió.
Una semana después llamó para preguntar si habían recibido su candidatura. La secretaria le preguntó cuándo podía venir a la entrevista. Resultó ser uno de cinco seleccionados entre ochenta candidatos. En la entrevista con el redactor jefe Rüdiger Wittner no mencionó su fanzine Schockpower, convencido de que mostrar un fotocopiado en blanco y negro al director de una revista a todo color con seis millones de lectores sería un error. Pero sí contó la historia: que con diecisiete años había fundado su propia publicación y la había distribuido hasta en América. Eso fue lo que lo selló.
El 15 de abril de 1988 empezó a trabajar en Bravo. Estuvo veinticinco años. Salió como redactor jefe.
Uno de los momentos más claros de la conversación llega cuando Alex describe lo que echa de menos en la radio actual. Él mismo admite que no es un oyente de radio convencional: prefiere sus propias listas de reproducción. Pero si alguien hiciera un programa sobre la historia de Motown, con Dancing in the Street y I Heard It Through the Grapevine, y encima un comunicador como Fritz explicara el contexto, estaría pegado al aparato.
El problema es que ese tipo de radio casi no existe. Lo que hay es radio de formato: el mismo Mark Forster a las tres y media, el parte meteorológico, y punto. La música como tapiz de fondo en lugar de como razón de ser.
Fritz lleva décadas siendo exactamente la alternativa a eso. Lo que aprendió en AFN, que el DJ es parte del espectáculo y no un simple enlace entre canciones, es lo que intentó trasladar al Bayern 3 con sus jingles y su manera de hablar de música como si cada canción fuera una historia que valía la pena contar.
Fritz y Alex se conocían desde hacía años sin haberse tratado de verdad. Coincidieron en 1990 entrevistando a Robert Plant en el Bayerischer Hof de Múnich sin saber el uno del otro. Estuvieron los dos en la fiesta de presentación del álbum Foreign Affair de Tina Turner en Colonia en 1989, en casa de Alfred Biolek. En algún momento de los años 2000, Alex llamó a Fritz para pedirle acceso al archivo de Bravo porque estaba investigando que Creedence Clearwater Revival había ganado un Bravo-Otto en 1971. Fritz le dio el llave del archivo. Y luego se perdieron de vista.
El reencuentro definitivo llegó en septiembre de 2024, en una rueda de prensa de los Jacksons en el Bayerischer Hof. Los Jacksons daban su único concierto europeo en el Zirkus Krone de Múnich, el mismo escenario donde habían actuado con Michael en 1972. Alex moderó la rueda de prensa. Fritz estaba entre el público con su hijo Levon. Cuando terminó todo, Alex se acercó. Cambiaron números. Pasearon por el Englischer Garten. Y llegaron a la conclusión de que entre los dos tenían demasiadas historias para no contarlas.
Levon, el hijo de Fritz, fue quien empujó con más fuerza hacia el podcast. Alex reconoce que solo nunca lo habría hecho. Lo que le interesa es el diálogo, el intercambio, tener a alguien enfrente que pueda responderle. Fritz, acostumbrado a hablar hacia el vacío del micrófono de radio, necesita la imaginación del oyente invisible. En esto se complementan exactamente.
La primera entrega oficial del podcast girará en torno a Michael Jackson, con el estreno del biopic como excusa. Alex tiene un libro sobre Jackson, Populäre Irrtümer und andere Wahrheiten, y estuvo en el camerino del cantante en Estambul en 1993, en Roma durante la gira Dangerous, y tiene un acceso all areas de la gira History. Fritz tiene décadas de preguntas acumuladas. El material sobra. Lo que faltaba era el formato.